Sus manos acariciaron los hierbajos que la rodeaban intentando matarlos. Quería transmitirles todas sus desgracias juntas, era tan frustrante. En su cabeza solo quedaban palabras de autodestrucción resonando lo más alto posible. Necesitaba sacar todo su odio fuera, dárselo a alguien para asegurarse de que no era la única sintiéndose así. Pero estaba sola, por más que cerraba los ojos y los volvía a abrir, nunca cambiaba nada a su alrededor, y en su interior tampoco. Las sombras se habían vuelto portadoras de verdades oscuras, de sus verdades. La soledad, su mayor confidente, ofreciéndole protección de la gente, alejándola de la vida. En su casa, solo quedaban espejos rotos por mostrarle la realidad, por enseñarle todos sus defectos juntos, no era justo. Ahora estaba bien, no podía verse, nadie la acompañaba en su tortura y veía la solución en cada pedacito de sombra. Ya estaba destruida por dentro, sin darse cuenta había dejado todo su amor propio encerrado en el mismo cajón que contenía sus sueños, cada pensamiento sobre sí misma era como una flecha dando en el centro de la diana. Al final la diana se desborda y sale toda la sangre mezclada con sus sentimientos, aquellos que tenía guardados para alguien especial. Ya no importaba, todo su pasado era un error, su vida era un error y ya le daba igual haberse puesto a llorar en aquel bosque. Solo intentaba que sus llantos se camuflaran con los aullidos que los lobos estaban dedicando a la luna.
Dalia.
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