Abrió los
ojos. ¿Cómo había llegado allí? ¿Cómo iba a salir de allí? Estaba confusa pero,
sospechosamente, todo era conocido. Estaba rodeada de árboles con copas tan
densas que impedían el paso de la luz a través de ellas, una fina neblina no le
dejaba ver más allá de dos metros y el suelo estaba muy húmedo. Decidió andar,
no podía hacer otra cosa. A cada paso que daba una voz, una imagen, incluso un
olor le recordaban a algún momento de su pasado. Los espíritus ignorados, las
almas olvidadas, el tiempo desperdiciado, los besos no dados, las manos
rechazadas, las sonrisas fingidas, las palabras asesinas, los pensamientos
suicidas, las lágrimas desgarradoras, los sentimientos frágiles, los amigos ahuyentados,
el café amargo, las pieles saladas, las caricias dolorosas, el amor congelado.
Todo daba vueltas en su cabeza, intentando deshacerse de esas ‘cosas’ que le
dolían, intentando matar su pasado. Agitaba las manos para que desaparecieran
pero solo conseguía chocarse contra las ramas
hacerse rasguños ensangrentados. Sangre. Dolor. Escozor. Señal de que no
era un sueño, señal de que estaba viva. Paró de andar y cerró los ojos, por
primera vez en su vida nada se desvaneció. Esa angustia seguía en el fondo de
su pecho, martilleándolo para salir fuera, necesitaba sacarlo todo, necesitaba
matar al monstruo de su película, tenía que matarse. Buscó a su alrededor pero
no había nada para herirse, se puso a gritar, un grito tan agudo y desgarrador
que hubiera hecho estremecerse al mismísimo diablo. El diablo, el señor diablo.
El monstruo que no la deja en paz, estaba desesperada, habría vendido su alma
al diablo solo para dejar de sentir ese dolor, lo que no sabía es que su alma
ya le pertenecía. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con qué permiso? Ella no pertenecía al
inframundo, ella…ella era celestial. ‘He oído que el diablo visita el cielo de
vez en cuando, ¿recuerdas?’. Esa voz que apareció en su cabeza, con esa frase
la congeló.
Ana.





Brutal.
ResponderEliminarMuchas gracias.
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