2.3.13





Aquella noche, al entrar al portal, se quedó extrañado de encontrarse a oscuras. ¿Cómo se le podía haber pasado al conserje, un hombre tan maniático y siempre pendiente de su trabajo? Las baldosas no estaban en su sitio y se podía ver desde varios metros de distancia la trampilla que lo llevaba al sótano. No, él no lo podía haber dejado así, le ha debido pasar algo. Se acercó cautelosamente hasta las viejas puertas incrustadas en el suelo esperando una respuesta a lo sucedido, pero nada. Miró el reloj y aún eran las dos de la madrugada, tenía tiempo a echar un vistazo antes de que amaneciera y eso se volviera a llenar de adolescentes con sueño. Fue a abrir la puerta y esta chirrió bastante, pero estaba solo ¿no? Delante suya se encontraban las escaleras que tanto había bajado pero vio que uno de los escalones  estaba manchado de barro. Eso también era muy extraño, pues  él y el conserje Fran siempre se encargaban de mantener aquel sótano limpio. Mientras bajaba por la escalera escuchó un sonido que venía del fondo del sótano, vaciló un segundo pero siguió bajando. En el último escalón, mientras encendía la luz, echó un vistazo rápido por toda la habitación: en un lado había un sofá verde, con unos cuadros viejos y llenos de polvo decorando la pared; en frente, había una enorme librería, la cual parecía tan dañada que en cualquier momento se desmontaría, y al fondo, había una puerta con cerradura, destacaba sobre todo lo demás ya que era nueva de hace dos años. Por lo visto, todo estaba en su sitio.
Xavi fue a la estantería, levantó un libro para coger la llave de la puerta y la abrió:
-Papá, ¿qué te ha pasado? ¿y Laia?
-Se ha escapado, ya van tres veces esta semana –Fran estaba atado de pies y manos a una tubería que había pegada a la pared. Su rostro estaba demacrado y su voz mostraba su frustración y rendición frente a la situación.
-Te voy a desatar e iremos a buscarla, no puede andar muy lejos.
-Hay que darse prisa, he visto a Laia más furiosa y desorientada de lo normal. Está empeorando.
Xavi desató a su padre y le curó una herida que tenía en la pierna, aunque el conserje decidió quedarse y enviar a su hijo en busca de su otra hija.
Una vez fuera del instituto optó por ir al parque, ya que cuando eran niños, Xavi y su hermana jugaban mucho allí. Efectivamente estaba sentada en el suelo con los pies cruzados y pasando sus delicados dedos por la arena. Xavi dejó de correr y se acercó a ella cautelosamente con cierta melancolía, en ese momento no veía a su hermana, sino a Laia.
-Hola, ¿qué haces aquí, Laia?
-¿Has visto el cielo? No tiene estrellas, han desaparecido –su mirada estaba perdida en algún punto del horizonte y sus manos acariciaban la arena de forma automática. Su pelo era largo y negro como el carbón, pero estaba muy desaliñado. Su aspecto no mejoraba, su cuerpo parecía endeble y que se iba a desmontar en cualquier momento.
-Eso es por la contaminación lumínica, pero siguen ahí. ¿Volvemos con papá? Está muy triste.
-¿Por qué? –la pregunta de Laia le hizo suspirar, sabía a qué se refería y no tenía una respuesta para ella.
-No lo sé. Supongo que por tu enfermedad. Fue idea de papá, yo no tengo nada que ver, pero hay que volver.
-Tampoco evitas que me encierre.
Se levantó y fue hacia el instituto sin esperar a su hermano. Estaba tan cansada de todo como su familia. Bueno, ella no los llamaba familia, la familia no te oculta al mundo.
Llevaba dos años sin salir de aquel mugriento sótano, dos años sin oler la brisa del mar, sin ver a su madre, sin ver una puesta de sol. Desde que sus trastornos de personalidad empezaron a agraviarse, su padre había decidido protegerla de todo y de todos, o eso decía él. Ella prefería pensar que protegía al mundo de ella, pero no sabía por qué, no era tan mala ¿no?
Intentó recordar lo que había sucedido cuando era ‘otra’ pero no pudo, solo sabía lo que le habían contado. Se paró. Ya estaba delante del instituto y dejó que su hermano la alcanzara:
-¿Estás lista? –le cogió la mano como modo de disculpa.
-¿Tú lo estarías?
No esperó respuesta y entró decidida. Llegó al sótano con Xavi pisándole los talones y vio a su padre delante de la puerta, muy enfadado. Ella se acercó a una de las estanterías. Su mirada había cambiado, los dulces ojos azules de hace un momento se había convertido en frívolos, distantes y asesinos.
Todo ocurrió muy rápido. Cogió la pistola de la estantería sin vacilar y apuntó hacia su padre. Estaba llorando pero ella no sentía lástima, él no era su familia. Xavi se reunió con Fran y levantaron ambos las manos, intentaron calmarla:
-Laia, suelta eso cielo, es por tu bien.
-¿Por qué! ¿Por qué me habéis hecho esto! Mi vida es un infierno, llevo dos años aguantando vuestras injusticias, sin salir de aquí solo porque me dijisteis que mi enfermedad hacía daño a mamá. ¿Y ella? ¿Dónde está?
-No somos injustos cariño, las cosas son más difíciles de lo que crees. No puedes entendernos, no estás bien.
-Tú tampoco y no te tienen en cautividad –cargó la pistola. Estaba a un clic de matar a su padre y a su hermano, ambos eran culpables.
-Laia tienes razón, papá es un hijo de puta pero no lo mates, no seas como él. Ven, podemos llegar a un acuerdo. Si quieres puedes salir una vez cada quince días.
-¿Ves? Aquí no hay estrellas, no quieren estar cerca de mí.
-¿Te has tomado la medicina hoy? –alargó la mano con una cápsula azul pero ella lo ignoró completamente.
De repente, todo oscuro para el padre. Dos segundos más tarde, todo oscuro para el hermano.
Llevaba tiempo queriendo deshacerse de ellos y al fin lo había conseguido. Sin remordimientos. Con ojos fríos. Sin corazón. Pero, ¿y ahora qué? Los dejó ahí tirados y entró a su habitación. Sacó una maleta y con una sonrisa de oreja a oreja empezó a llenarla de todas sus cosas. Era feliz, esa misma noche iría a casa su madre y le contaría la crueldad con la que la habían tratado. SU madre lloraría de alegría y no la culparía por haber matado a su familia, le devolvería la habitación y ambas se contarían su vida hasta la mañana siguiente. Después, su madre lo solucionaría todo para que volviera a su antiguo instituto y sus amigos estarían felices de verla. Hablando de sus amigos, ¿cómo es que no se extrañaban de su desaparición? ¿Nadie la echaba de menos? Bueno, no importaba, ahora el plan era volver a casa.
Cogió la maleta y atravesó todo el sótano hasta llegar a las escaleras, donde se giró y se despidió de aquel viejo lugar. Al salir, cerró la trampilla bien cerrada y puso los ladrillos encima. Nadie descubriría nada, al menos hasta que olieran los cadáveres.
Una vez fuera del instituto se puso a andar a paso lento, quería disfrutar de la brisa marina. Levantó la cabeza y vio las estrellas. Volvía a ser ella, la dulce joven con ligeros trastornos de personalidad.
-Ya hay estrellas, han vuelto –dijo mientras sonreía mirando al cielo, se detuvo frente el mar, se quitó los zapatos y estuvo un rato mirando la nada, intentando asimilar todo lo que había pasado. Los primeros rayos de sol de la mañana la hicieron volver a la realidad, se levantó y siguió andando hasta su casa. Ya había llegado.
En ese momento le entró miedo, pero avanzó hasta estar a dos centímetros del timbre y levantó la mano en su dirección. Los minutos en los que su madre tardó en abrir la puerta fueron los más largos de su vida.
-¿Quién es a estas horas? –dijo mientras abría con cara de haber dormido mal toda la noche.
-Soy yo.
-¿Quién?
-Soy Laia, mamá –la cara de su madre era un poema, parecía ofendida y furiosa por la afirmación que acababa de hacer esa joven desconocida que estaba frente a ella con un espantoso aspecto.
-Lo siento, se ha equivocado.
-¿Qué? No, soy tu hija.
-Eso es imposible.
-¿Por qué?
-Porque mi hija murió hace dos años en un accidente de moto.


Ana.

4 comentarios:

  1. Anónimo3.3.13

    Un relato que daría para una interesante novela. Muy bien escrito, y perfectamente encauzado desde la primera línea hasta la última.

    Te felicito.

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    1. ¡Gracias! Es para un concurso así que tenía que ser más largo que mis textos normales.

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