Aquella noche, al entrar al portal, se quedó extrañado de
encontrarse a oscuras. ¿Cómo se le podía haber pasado al conserje, un hombre
tan maniático y siempre pendiente de su trabajo? Las baldosas no estaban en su
sitio y se podía ver desde varios metros de distancia la trampilla que lo
llevaba al sótano. No, él no lo podía haber dejado así, le ha debido pasar
algo. Se acercó cautelosamente hasta las viejas puertas incrustadas en el suelo
esperando una respuesta a lo sucedido, pero nada. Miró el reloj y aún eran las
dos de la madrugada, tenía tiempo a echar un vistazo antes de que amaneciera y
eso se volviera a llenar de adolescentes con sueño. Fue a abrir la puerta y
esta chirrió bastante, pero estaba solo ¿no? Delante suya se encontraban las
escaleras que tanto había bajado pero vio que uno de los escalones estaba manchado de barro. Eso también era muy
extraño, pues él y el conserje Fran
siempre se encargaban de mantener aquel sótano limpio. Mientras bajaba por la
escalera escuchó un sonido que venía del fondo del sótano, vaciló un segundo
pero siguió bajando. En el último escalón, mientras encendía la luz, echó un
vistazo rápido por toda la habitación: en un lado había un sofá verde, con unos
cuadros viejos y llenos de polvo decorando la pared; en frente, había una
enorme librería, la cual parecía tan dañada que en cualquier momento se
desmontaría, y al fondo, había una puerta con cerradura, destacaba sobre todo
lo demás ya que era nueva de hace dos años. Por lo visto, todo estaba en su
sitio.
Xavi fue a la estantería, levantó un libro para coger la llave
de la puerta y la abrió:
-Papá, ¿qué te ha pasado? ¿y Laia?
-Se ha escapado, ya van tres veces esta semana –Fran estaba
atado de pies y manos a una tubería que había pegada a la pared. Su rostro estaba
demacrado y su voz mostraba su frustración y rendición frente a la situación.
-Te voy a desatar e iremos a buscarla, no puede andar muy lejos.
-Hay que darse prisa, he visto a Laia más furiosa y desorientada
de lo normal. Está empeorando.
Xavi desató a su padre y le curó una herida que tenía en la
pierna, aunque el conserje decidió quedarse y enviar a su hijo en busca de su
otra hija.
Una vez fuera del instituto optó por ir al parque, ya que cuando
eran niños, Xavi y su hermana jugaban mucho allí. Efectivamente estaba sentada
en el suelo con los pies cruzados y pasando sus delicados dedos por la arena.
Xavi dejó de correr y se acercó a ella cautelosamente con cierta melancolía, en
ese momento no veía a su hermana, sino a Laia.
-Hola, ¿qué haces aquí, Laia?
-¿Has visto el cielo? No tiene estrellas, han desaparecido –su
mirada estaba perdida en algún punto del horizonte y sus manos acariciaban la
arena de forma automática. Su pelo era largo y negro como el carbón, pero
estaba muy desaliñado. Su aspecto no mejoraba, su cuerpo parecía endeble y que
se iba a desmontar en cualquier momento.
-Eso es por la contaminación lumínica, pero siguen ahí.
¿Volvemos con papá? Está muy triste.
-¿Por qué? –la pregunta de Laia le hizo suspirar, sabía a qué se
refería y no tenía una respuesta para ella.
-No lo sé. Supongo que por tu enfermedad. Fue idea de papá, yo
no tengo nada que ver, pero hay que volver.
-Tampoco evitas que me encierre.
Se levantó y fue hacia el instituto sin esperar a su hermano.
Estaba tan cansada de todo como su familia. Bueno, ella no los llamaba familia,
la familia no te oculta al mundo.
Llevaba dos años sin salir de aquel mugriento sótano, dos años
sin oler la brisa del mar, sin ver a su madre, sin ver una puesta de sol. Desde
que sus trastornos de personalidad empezaron a agraviarse, su padre había
decidido protegerla de todo y de todos, o eso decía él. Ella prefería pensar
que protegía al mundo de ella, pero no sabía por qué, no era tan mala ¿no?
Intentó recordar lo que había sucedido cuando era ‘otra’ pero no
pudo, solo sabía lo que le habían contado. Se paró. Ya estaba delante del
instituto y dejó que su hermano la alcanzara:
-¿Estás lista? –le cogió la mano como modo de disculpa.
-¿Tú lo estarías?
No esperó respuesta y entró decidida. Llegó al sótano con Xavi
pisándole los talones y vio a su padre delante de la puerta, muy enfadado. Ella
se acercó a una de las estanterías. Su mirada había cambiado, los dulces ojos
azules de hace un momento se había convertido en frívolos, distantes y
asesinos.
Todo ocurrió muy rápido. Cogió la pistola de la estantería sin
vacilar y apuntó hacia su padre. Estaba llorando pero ella no sentía lástima,
él no era su familia. Xavi se reunió con Fran y levantaron ambos las manos,
intentaron calmarla:
-Laia, suelta eso cielo, es por tu bien.
-¿Por qué! ¿Por qué me habéis hecho esto! Mi vida es un
infierno, llevo dos años aguantando vuestras injusticias, sin salir de aquí
solo porque me dijisteis que mi enfermedad hacía daño a mamá. ¿Y ella? ¿Dónde
está?
-No somos injustos cariño, las cosas son más difíciles de lo que
crees. No puedes entendernos, no estás bien.
-Tú tampoco y no te tienen en cautividad –cargó la pistola.
Estaba a un clic de matar a su padre y a su hermano, ambos eran culpables.
-Laia tienes razón, papá es un hijo de puta pero no lo mates, no
seas como él. Ven, podemos llegar a un acuerdo. Si quieres puedes salir una vez
cada quince días.
-¿Ves? Aquí no hay estrellas, no quieren estar cerca de mí.
-¿Te has tomado la medicina hoy? –alargó la mano con una cápsula
azul pero ella lo ignoró completamente.
De repente, todo oscuro para el padre. Dos segundos más tarde,
todo oscuro para el hermano.
Llevaba tiempo queriendo deshacerse de ellos y al fin lo había
conseguido. Sin remordimientos. Con ojos fríos. Sin corazón. Pero, ¿y ahora
qué? Los dejó ahí tirados y entró a su habitación. Sacó una maleta y con una
sonrisa de oreja a oreja empezó a llenarla de todas sus cosas. Era feliz, esa
misma noche iría a casa su madre y le contaría la crueldad con la que la habían
tratado. SU madre lloraría de alegría y no la culparía por haber matado a su
familia, le devolvería la habitación y ambas se contarían su vida hasta la
mañana siguiente. Después, su madre lo solucionaría todo para que volviera a su
antiguo instituto y sus amigos estarían felices de verla. Hablando de sus
amigos, ¿cómo es que no se extrañaban de su desaparición? ¿Nadie la echaba de
menos? Bueno, no importaba, ahora el plan era volver a casa.
Cogió la maleta y atravesó todo el sótano hasta llegar a las
escaleras, donde se giró y se despidió de aquel viejo lugar. Al salir, cerró la
trampilla bien cerrada y puso los ladrillos encima. Nadie descubriría nada, al
menos hasta que olieran los cadáveres.
Una vez fuera del instituto se puso a andar a paso lento, quería
disfrutar de la brisa marina. Levantó la cabeza y vio las estrellas. Volvía a
ser ella, la dulce joven con ligeros trastornos de personalidad.
-Ya hay estrellas, han vuelto –dijo mientras sonreía mirando al
cielo, se detuvo frente el mar, se quitó los zapatos y estuvo un rato mirando
la nada, intentando asimilar todo lo que había pasado. Los primeros rayos de
sol de la mañana la hicieron volver a la realidad, se levantó y siguió andando
hasta su casa. Ya había llegado.
En ese momento le entró miedo, pero avanzó hasta estar a dos
centímetros del timbre y levantó la mano en su dirección. Los minutos en los
que su madre tardó en abrir la puerta fueron los más largos de su vida.
-¿Quién es a estas horas? –dijo mientras abría con cara de haber
dormido mal toda la noche.
-Soy yo.
-¿Quién?
-Soy Laia, mamá –la cara de su madre era un poema, parecía
ofendida y furiosa por la afirmación que acababa de hacer esa joven desconocida
que estaba frente a ella con un espantoso aspecto.
-Lo siento, se ha equivocado.
-¿Qué? No, soy tu hija.
-Eso es imposible.
-¿Por qué?
-Porque mi hija murió hace dos años en un accidente de moto.
Ana.


Un relato que daría para una interesante novela. Muy bien escrito, y perfectamente encauzado desde la primera línea hasta la última.
ResponderEliminarTe felicito.
¡Gracias! Es para un concurso así que tenía que ser más largo que mis textos normales.
EliminarGorgeous pictures!
ResponderEliminarThank you :)
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