3.7.12

Llegas Tarde.

Sentada en aquella mecedora que olía a su abuelo sabía que estaba lista, había llegado la hora. No paraba de mirar aquel reloj de madera del que salía un cuco medio roto y muy gastado, no se acordaba de haber vivido tanto como para que llegara su hora. Se estaba haciendo tarde, empezaba a desesperarse así que encendió una vela y se quedó hipnotizada mirando el fuego. Cosas que creía muertas, desaparecidas, volvieron a la luz, sentimientos rencontrados que llevaban a otros de añoranza, aparecían sin cesar en su mente. De repente una explosión de odio hacia él, sus pensamientos cada vez eran más fuertes intentando salir de su cabeza de alguna forma. Sin querer, levantó la cabeza y se quedó mirando por la ventana hacia ninguna parte y una lágrima empezó a acariciarle la mejilla lentamente, dejando que su odio se filtrara por cada célula de su piel. Cada vez estaba más enfadada, había llegado su hora pero era impuntual, estaba esperando a que apareciera alguien y se la llevara en el carro de caballos que había aparcado en la puerta de su casa. Parpadeó y volvió a la realidad, vio que había empezado a nevar, tal vez, estaba todo previsto, después de morir dejarían que la nieve cubriera todo su cuerpo sin notar su presencia. Harta de esperar, se levantó y se puso a buscar un cuchillo por el escritorio de la habitación. Sujetándolo en la mano, abrió la ventana, se acercó al borde y sin pensarlo dos veces, aproximó el cuchillo a su pecho tan fuerte como pudo. Cerró los ojos, sonrió y cayó al jardín, nadie se percató de ello pues el día siguiente la nieve la había tapado por completo.
Dalia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario