31.7.12

La adrenalina.

Mono ajustado negro, hecho. Gorra negra, hecho. Móvil, hecho. Me subo la cremallera de la bota que me faltaba, me levanto y oigo el aviso del móvil. Un mensaje nuevo, a las 2 y 23, como siempre. Salgo de casa y escucho el sonido de unas motos a lo lejos, pasan delante de mi casa sin pararse excepto una que antes de frenar me mete prisa para que suba. Una vez arriba, arranca haciendo que me balancee un poco por la diferencia de velocidad, llegamos a un callejón oscuro de la ciudad, nos bajamos y con una sonrisa maliciosa, sacamos los bates de béisbol y nos subimos la capucha para que no se nos reconozca. Giramos la esquina apareciendo en una calle poco transitada a esa hora de la madrugada. De repente, nos ponemos a correr arrasando con todo lo que encontramos por delante con los bates; escaparates, basureros, buzones… Todo, absolutamente todo queda destrozado a nuestro paso y sinceramente no lo lamento, ese momento de felicidad máxima al notar la adrenalina hirviendo en mi sangre. Es un momento en el que pienso que soy capaz de todo, y no lo cambio por nada del mundo. Nos lo esperábamos, siempre igual, diez minutos más tarde oímos las sirenas de los coches de policía, esa es la mejor parte. Nos ponemos a gritar y volvemos al callejón, subimos a la moto con el casco medio puesto y salimos de ese desastre. Ha sido lo mejor del mundo, me he hecho adicta a la adrenalina, necesito sentirla cada vez más, empecé rompiendo un jarrón en mi casa y ahora me encuentro camino al desguace para seguir con nuestra destrucción. Ya los hemos perdido de vista, qué ingenuos, nunca nos cogen. Hemos parado en una gasolinera y creo que voy a bajar a comprar algo para beber. Entro y recorro todas las estanterías con comida intentando ignorarla, cada vez estoy más distraída y…                
-¡Ay! Ves con cuidado. –un tipo se ha chocado conmigo y se me ha caído el móvil de la mano, me agacho a por él. Subo la cabeza y lo miro a los ojos, unos ojos negros que me dejan sin habla, que hacen que me ponga tan nerviosa como hace media hora. Sigo en el suelo mirándolo, me apetece sonreírle, irme con él y perdernos de por vida. Veo su mano acercarse para ayudarme a levantarme y la acepto encantada, sus dedos han hecho que los pelos se me pongan de punta, que me falte aire, que esté feliz, ese momento de felicidad máxima. La adrenalina.
Dalia.




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