Esas
calles vacías que iba atravesando a cada paso que daba reflejaban la soledad
que sentía, que llevaba toda la vida sintiendo. La música ya no la ayudaba para
nada, todo eran voces en su cabeza y lo único que anhelaba era el silencio.
Pero no el silencio de una habitación vacía, su silencio, ese que alguien le
arrebató al tener que enfrentarse a los problemas, ese tan… sereno. Hacía frío,
demasiado para llevar solo una chaqueta de entretiempo. Al separar sus labios
para respirar salía humo blanco producto de las bajas temperaturas, en cada
suspiro se iba un poco de integridad y cordura. Necesitaba hacer algo imprevisto
y alocado, algo de lo que arrepentirse pero que en ese momento la obligara a
dejar su mente en blanco. Levantó los ojos y divisó un parque lleno de rampas,
algunas más altas que las otras pero todas llenas de grafitis. Vio a un chico
con las protecciones necesarias para hacer skate, estaba deslizándose
fácilmente por una de las rampas, la mediana. Ella se acercó y le dijo que si
podía probar, él dudaba pero su dulce sonrisa le hizo ceder. Lo sabía, nadie le
decía que no. Cogió el skate y se subió a la rampa más alta, la que solo dominaban
verdaderos expertos. Puso los pies encima de la tabla y el chico se dio cuenta
de que no tenía ni idea de montar, se apresuró hacia ella pero ya era tarde.
Hizo un movimiento decisivo, cerró los ojos y se lanzó con una sonrisa de oreja
a oreja. De repente, todo en blanco, silencio, mucho silencio, todo había
acabado.
Dalia.


No está mal. Estamparse contra el suelo, era una opción para quitarse el frío.
ResponderEliminarLástima que el skate no fuera suyo.
¿Que pensaría el chaval?
"Ahí va una prediosa sonrisa, volando con mi skate y, sin paracaidas". O, algo así.
O a lo mejor solo pensó en su skate y la chica no le importaba, no se sabe.
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