Dos años después, mi vida ha cambiado. Tengo pareja estable, con la que pienso pasar el resto de mi vida. Me apetece salir, voy a la discoteca más cercana yo sola porque él está de viaje. Llevo el corsé negro, los pantalones negros largos y los tacones de aguja, me siento en la barra llamando la atención del camarero para que me sirva un mojito poco cargado. No hay ambiente, la noche es aburrida, ya llevo cuatro vasos pero sigo bien. Noto una mano apartándome un mechón del pelo y saludándome con una voz conocida, demasiado conocida. Me da miedo girarme, es él, es mi pasado.
-Hola, estás preciosa, como siempre –su sonrisa hace que me tiemble todo, y sus manos, sus ojos… No, céntrate.
-Tú tampoco has cambiado por lo que veo –me acerco y le doy dos besos, mala idea. Sus manos rodean mi cintura acercándome a él y haciendo que desee que esos besos se conviertan en algo más.
-Te he echado de menos.
-Díselo a tu nueva novia, a lo mejor a ella le interesa –le digo un poco borde y alejándome un poco.
-Ella… no es como tú, eres única y… sé que no me has olvidado –se vuelve a acercar, noto su aliento a escasos milímetros de mis labios.
-Oye, no podemos… no debemos… tenemos responsabilidades –como si estuviera sordo, ignora todo lo dicho y me besa. Sus besos, como los anhelaba, los mejores de mi vida. Está mal, lo sé, pero es mi debilidad. Es el único por el que andaría ciega por un campo de brasas y no me quemaría los pies, hace que me olvide de todo. Finalmente me dejo hacer, sé que va a pasar de todos modos, pues prefiero disfrutarlo. Le freno y saco las llaves de mi casa.
-Estaremos solos y es más cómodo que aquí –le veo aflojar una sonrisa traviesa, me coge la mano y llegamos a mi casa. Una vez arriba, empezamos a besarnos cada vez más acelerados y terminamos en mi cama. La mañana siguiente unos brazos fuertes me atraen hacia él y sus labios van dejando un rastro de besos por mi cuello. De repente, una llave hace el sonido de abrir la puerta principal.
-Cariño, ya estoy aquí, me he adelantado porque… -asoma su cabeza en la habitación, con un hermoso ramo de rosas, sí, ahí estábamos mi pasado, mi error y yo.
Dalia.

Los caminos a veces se bifurcan, pero antes de separarse, se han unido, han coincidido en un punto exacto.
ResponderEliminarA ese tú, a ese pasado y, a ese error, podría sucederos, en esa escena final, algo parecido a lo de los caminos. ¿Sí?. ...Aunque suene algo morboso.
No lo sé, solo es una historia ficticia jajá.
Eliminar